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Los tres cerditos    
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Los tres cerditos

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Los tres cerditos

 

 

 

 

 

 

  

 

 

Mamá Cerda estaba muy cansada y dijo a sus tres cerditos: 

—Hijos míos, yo ya no puedo seguir trabajando así; me temo que tenéis que marcharos de casa y labraros un porvenir. 

Así pues, los tres cerditos se pusieron en camino.

El primer cerdito se encontró con un hombre que llevaba una haz de paja.

—Disculpe —le dijo el primer cerdito educadamente—. ¿Sería tan amable de venderme un poco de paja para que pueda construirme una casa?

El hombre aceptó de buen grado y el primer cerdito se fue a buscar un buen sitio para construir su casa.

Los otros cerditos siguieron andando por el camino y pronto se encontraron con un hombre que llevaba un fardo de palos de madera.

—Disculpe —le dijo el cerdito cortésmente—. ¿Sería tan amable de venderme algunos palos para que pueda construirme una casa?

El hombre aceptó de buena gana y el cerdito se despidió de su hermano.

Al tercer cerdito no le parecían demasiado buenas las ideas de los otros dos:

«Yo me construiré una casa mucho más grande, mejor y más sólida», pensó, y siguió adelante por el camino hasta que se encontró con un hombre que llevaba un carro cargado de ladrillos.

—Disculpe —dijo el tercer cerdito, con los buenos modales que su madre le había enseñado—. ¿Podría venderme algunos ladrillos para que pueda construirme una casa?

—Claro que sí —respondió el hombre—. ¿Dónde quieres que los descargue?

El tercer cerdito miró a su alrededor y vio un bonito terreno situado debajo de un árbol.

—Allí —respondió señalándolo.

Todos los hermanos se pusieron manos a la obra y, al llegar la noche, la casa de paja y la casa de madera ya estaban construidas, pero de la casa de ladrillos apenas asomaban los cimientos. El primer y el segundo cerditos se reían, ya que pensaban que su hermano era muy tonto por tener que trabajar tanto, mientras que ellos ya habían acabado.

 

 

 

Sin embargo, pocos días después, la casa de ladrillos estaba terminada y tenía un aspecto muy elegante, con sus ventanas resplandecientes, su pequeña chimenea y una brillante aldaba en la puerta.

Una noche estrellada, poco después de que los cerditos se hubieran instalado, apareció un lobo en busca de comida. Gracias a la luz de la luna, divisó la casa de paja del primer cerdito y, sin ser visto, se acercó a la puerta y llamó:

—Cerdito, cerdito, ¡déjame entrar!

—¡No, ni por asomo, jamás de los jamases! —respondió el cerdito.

—¡Entonces soplaré y soplaré y tu casa derribaré! —amenazó el lobo, que era de esa clase de lobos que son enormes, malvados e insaciables.

 

 

 

 

El lobo sopló y sopló hasta que la casa derribó. Pero el cerdito huyó tan deprisa como le permitían sus patas y corrió a esconderse en la casa del segundo cerdito.

A la noche siguiente, el lobo estaba todavía más hambriento y vio la casa de madera. Se acercó sigilosamente a la puerta y llamó:

—Cerdito, cerdito, ¡déjame entrar!

—¡Oh, no, ni por asomo, jamás de los jamases! —respondió el segundo cerdito, mientras el primero temblaba escondido debajo de la escalera.

¡Entonces soplaré y soplaré y tu casa derribaré! —gruñó el lobo.

 

 

 

El lobo sopló y sopló hasta que la casa derribó. Pero los cerditos huyeron tan deprisa como les permitían sus patas y corrieron a esconderse en la casa del tercer cerdito.

—Os lo advertí —les recordó el tercer cerdito—. Es importante construir las casas como es debido. 

Pero les acogió en su hogar y pasaron el resto la noche tranquilos todos juntos.

A la noche siguiente, el lobo tenía aún más hambre y se sentía más grande y malvado que nunca.

Llegó merodeando hasta la casa del tercer cerdito. Se aproximó sigilosamente a la puerta y llamó:

—Cerdito, cerdito, ¡déjame entrar!

—¡Oh, no, ni por asomo, jamás de los jamases! —respondió el tercer cerdito, mientras el primero y el segundo temblaban escondidos debajo de la escalera.

—¡Entonces soplaré y soplaré y tu casa derribaré! —dijo el lobo.

 

 

 

El lobo sopló y sopló, pero esta vez nada ocurrió. De nuevo sopló y sopló más fuerte, pero nada consiguió. La casa de ladrillos resistía en pie.

El lobo estaba enfadadísimo y se volvía más grande y feroz por momentos.

—Os voy a comer a todos, ¡esperad y ya lo veréis! —gruñó.

Empezó a rondar en torno a la casa tratando de encontrar una entrada. Los cerditos temblaron al ver cómo les miraba fijamente con sus enormes ojos a través de la ventana. Y entonces oyeron un ruido indescifrable.

Wolf climbing down chimney

 

 

—¡Rápido, daos prisa! —exclamó el tercer cerdito—. Está subiéndose al árbol. Creo que va a bajar por la chimenea.

Los tres cerditos agarraron la cacerola más grande que tenían, la llenaron de agua y la pusieron al fuego para que hirviera. Durante todo ese tiempo podían oír el ruido que hacía el lobo mientras trepaba por el árbol y caminaba por el tejado.

Los cerditos contuvieron la respiración. El lobo estaba bajando por la chimenea. Fue descendiendo cada vez más hasta que acabó cayendo en la cacerola de agua con un tremendo chapuzón.

—¡Aaaayyyy! —aulló mientras volvía a subir por la chimenea a toda prisa creyendo que se había quemado el rabo.

 

 

Lo último que vieron los tres cerditos del gran lobo feroz fue cómo sobrevolaba las copas de los árboles aferrado a su maltrecha cola.

Y así fue como los tres cerditos vivieron juntos y felices para siempre en su elegantísima casa de ladrillos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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