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Alfredo Adam Fitzgerald    
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Alfredo

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Alfredo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las hormigas no tienen orejas o narices y aun teniendo una boca, no pueden hablar. En su lugar, tienen dos largos filamentos en la cabeza que se llaman antenas. Estas antenas son unas pequeñas herramientas fantásticas que son muy importantes. Las hormigas las pueden usar para sentir olores, sentir vibraciones en el suelo e incluso comunicarse con otras. 

Las hormigas no duermen casi. En vez de eso, tienen pequeñas siestas que duran sólo un par de minutos cada una. Estos pequeños descansos ocupaban la mayor parte del día para Alfredo. Era la única parte del día en la que estaba realmente relajado, Alfredo no se tenía ni que preocupar ni pensar en el trabajo.

Alfredo tenía 8 años. 8 años, 4 meses y 13 días para ser exactos.

Incluso teniendo 8 años, 4 meses y 13 días, parecía joven. Alfredo era una hormiga, lo que significaba que ya había llegado al ecuador de su vida. Él era una hormiga trabajadora. Pero claro, casi todo el mundo en la colonia era una hormiga trabajadora así que no se sentía nada especial.

Hay dos cosas importantes que debes saber acerca de las hormigas; hay hormigas trabajadoras y hormigas exploradoras.

Las hormigas exploradoras encuentran los diferentes tipos de comida y dejan un olor muy fuerte y potente llamado rastro, usan sus antenas y así las otras la pueden encontrar. Las hormigas trabajadoras entonces siguen este rastro para recoger la comida. Cualquiera que sea la comida encontrada, se recoge y se trae al nido para conservarla durante los meses de invierno.

Es curioso porque nunca sabes lo que te vas a encontrar cuando se recoge la comida. El tamaño, el peso y la localización son totalmente aleatorios. Todo esto conlleva a que Alfredo tenga que andar un montón, normalmente alrededor de 5.000 metros al día. Esto es el equivalente en un humano a hacer 3 maratones, ¡diarias!

Las Exploradoras eran increíblemente populares. Su reputación hacia que las hormigas trabajadoras quisieran ser como ellas. Las Exploradoras recibían un trato especial, como tener más tiempo libre y mejor comida. Toda esta comida extra significaba que las Exploradoras crecían mucho más y más fuertes que las Trabajadoras. A veces esto no era bueno porque hacía que las Exploradoras se volvieran muy mandonas. A menudo, pensaban que eran mejor que nadie y que podían hacer lo que quisiesen.

Aun así, Alfredo deseó ser la hormiga que encontrase la comida más grande y más jugosa. Soñaba con un día encontrar una manzana roja, fresca y rolliza, absolutamente intacta. Hundiría sus mandíbulas en la manzana y sólo pararía cuando su barriga estuviese a punto de explotar.

La comida favorita de Alfredo eran las manzanas. Son jugosas, crujientes, deliciosas y están llenas de dulce azúcar, que siempre le daba energía.

Alfredo soñaba mucho despierto. Fantaseaba continuamente en ser el Explorador más exitoso y más famoso de la colonia. Fantaseaba con tener mandíbulas 20 veces más grandes que las suyas y así podría engullir 5 o 6 manzanas haciéndolas agua en la boca de un mordisco. Solamente esa idea le hacía sonreír de oreja a oreja. De hecho, le encantaban tanto estas ideas que fantaseaba con ellas en su tiempo libre ¡en su tiempo libre!

Un día, durante una de estas siestas, Alfredo tuvo una fantasía que le cambió la vida para siempre. Era una idea mágica a la par que temerosa.

Para Alfredo, la colonia había sido su mundo. Había sido la única vida que había conocido durante estos 8 años, 4 meses y 13 días que había vivido. Pero de repente, Alfredo tuvo una revelación muy importante. “He estado tan preocupado en lo que estaba pasando en mi mundo” pensó, “que he olvidado completamente todo lo demás que hay ahí afuera.”

Durante toda su vida, el propósito de Alfredo había sido hacer feliz al resto de las hormigas. La Reina y las Exploradoras se llenaban la barriga con la comida que las Trabajadoras habían llevado de vuelta al nido, dejando sólo las migajas para Alfredo.

“Pero ¿quién dice que esto tiene que ser así?” reflexionó Alfredo. “Si quiero encontrar la manzana más grande, crujiente y jugosa … ¿por qué no hacerlo?”

Esta fue la primera vez en la que se dio cuenta que su felicidad debía ir antes que la de los otros. Había vivido la mitad de su vida y si no actuaba pronto, estaría solo perdiendo el tiempo, aburrido y miserable. Estaba decidido en dejar el nido atrás y perseguir su sueño.

Y así, con la cabeza zumbando de la emoción y el estómago lleno de mariposas, Alfredo se embarcó en su aventura. Dejó la entrada del nido, como si se fuese a trabajar pero en vez de seguir un rastro, como haría en el trabajo, cambió la dirección. A diferencia de una Exploradora, no dejó un rastro tras él.

“Debo estar loco!” pensó Alfredo, sin mirar atrás y acercándose a un grupo de árboles en la distancia.

Pero Alfredo se dio cuenta que la búsqueda de la felicidad es lo único que hace que la vida merezca la pena ser vivida.

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