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¡Más tarde! Maria Baker    
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¡Más tarde!

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¡Más tarde!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada día, un niño llamado Oscar hacía todo a su manera. Comía lo que quería, jugaba los juegos que quería y cuando quería y dormía en cualquier momento que se le antojase. Si alguien le pedía que limpiara su propio desorden o que bajase a cenar, él contestaba con un «¡más tarde!», y seguía haciendo lo que fuera que disfrutase estar haciendo.

Un día, Oscar llegó tarde a casa luego de haber estado jugando con sus amigos en el parque.

—¡Ya he llegado! —gritó al llegar a la casa mientras bostezaba con cansancio por haber estado jugando toda la tarde.

—¡Hola, cariño! —gritó la madre de Oscar.

Él se dirigió a hacer la siguiente cosa en su lista diaria de cosas por hacer, que era coger un montón de tentempiés de la alacena y jugar videojuegos hasta que se pusiese el sol y el cuarto comenzara a ponerse extremadamente oscuro, de manera que la única cosa que lo mantendría iluminado fuese la brillante pantalla del televisor, la cual provocaba un ruidoso escándalo.

—¡Oh, vamos! —Tiró el mando en el sofá y cogió un puñado de patatas fritas. La mitad cayeron al suelo antes de llegar hasta su boca.

—¡Denme un segundo! —exclamó a sus amigos en el juego. Ellos respondieron de forma igualmente ruidosa.

—¡Oscar! —vociferó su madre desde la cocina. Él no responde.

—¡Chicos, vengan para acá! —Siguió gritándole a la pantalla.

—¡Oscar! —repitió su madre, más fuerte esta vez, y sonando algo cansada.

—¿¡Qué!? —Oscar se arrancó los auriculares con impaciencia.

—La cena está lista —La oyó gritar de nuevo.

Oscar miró hacia arriba exasperado mientras volvía a colocarse los cascos y se arrellanaba aún más en el sofá.

—¡Más tarde! —respondió.

Se hizo más tarde y su madre entró en el cuarto con el plato de la cena. Se detuvo abruptamente en el marco de la puerta.

—Oscar, ¿podrías por favor limpiar este desastre?

A medida que había ido comiendo, se habían esparcido más trozos de papa a su alrededor. Estaba incluso rodeado por envoltorios y empaques vacíos. Oscar frunció el ceño cuando oyó a su madre.

—¡Más tarde! —gritó Oscar con un resoplido, alzando la voz por encima del ruido del videojuego. Ella soltó un suspiro mientras ayudaba a limpiar el desorden.

Al día siguiente, Oscar regresó a casa enojado y frustrado porque había tenido una prueba en la escuela que le había resultado muy difícil. Decidió darse un gusto y comer algo de pastel. Pero justo cuando iba a dar el primer mordisco, su madre lo llamó desde la otra habitación. Suspiró y rezongó antes de hablar con su madre.

Ella tenía una expresión severa en el rostro y los brazos cruzados. Estaba abierto el sobre que él le había dado cuando llegó y tenía una carta en la mano.

—Oscar, necesitamos hablar sobre algo que ha ocurrido en la escuela. —Con un gesto le indicó que se sentara junto a ella, y aunque él sabía lo que le esperaba, tragó saliva y se sentó—. Oscar, he leído esta carta de tu maestra y dice que has estado haciendo trampa en tus exámenes y que has copiado el trabajo de tus amigos.

Oscar estaba molesto. Solo se había copiado porque no había entendido nada.

—Bueno, ¡él deja que me copie! —dijo con un resoplido y con los brazos cruzados.

Su madre suspiró, pero sonrió levemente.

—Está bien, Oscar. Mira, si no te está yendo bien, te puedo ayudar. Empecemos esta noche, ¿de acuerdo?

Pero Oscar estaba cansado y harto. Primero, su maestra lo había acusado con su mamá, ¿y de inmediato su mamá se puso del lado de la maestra? ¿Por qué tiene que meterse en mis asuntos? Se puso de pie de un salto, con los puños apretados.

—¡Más tarde! —exclamó mientras corría hacia su cuarto.

Más tarde, esa noche, Oscar refunfuñaba mientras daba vueltas en la cama, intentando dormir. ¿Por qué todo el mundo le pide que haga todo a cada rato y no lo dejan hacer lo que él quiere? Deseó que todos lo dejaran en paz. Se prometió a sí mismo que de ahora en adelante haría todo por sí mismo y a su manera, incluso si eso significase hacer trampa en esa prueba o comer lo que él quiera cuando quisiere. Esa noche, soñó con su comida favorita y también que jugaba en el parque todo el día con sus mejores amigos.

A la mañana siguiente, Oscar se despertó de un brinco cuando afuera estalló una tormenta y la lluvia golpeó con fuerza la ventana.

—¡Mamá! —vociferó Oscar en la casa silenciosa, pero el silencio fue la única respuesta.

Bajó corriendo las escaleras, pero no encontró a nadie. Oscar solo se encogió de hombros. A veces a su madre la llamaban a último minuto del trabajo y, en esos casos, solía dejar una nota para informarle a él que su desayuno favorito estaba en la encimera, ya preparado y envuelto. Pero, esta vez, miró por todas partes y no halló ninguna nota ni ningún desayuno preparado.

—Oh bueno —se dijo a sí mismo en voz alta, y comió sus tentempiés favoritos como desayuno para empezar el día.

Oscar fue a la escuela a regañadientes tras recordar que tenía que hacer otra prueba más ese día. Cuando entró al salón de clases, se dio cuenta de que el amigo del que solía copiarse no estaba por ningún lado. No le había dicho a Oscar ni a los maestros a dónde se había ido, y los maestros estaban tan desinformados al respecto como demostró estarlo él cuando le preguntaron si sabía.

—No lo sé —balbuceó mientras se encogía de hombros.

Ese día, tampoco se sintió muy contento cuando regresó de la escuela a la casa, en parte debido a la prueba, pero también debido a la lluvia que parecía no querer detenerse. Esto significaba que él no iba a poder quedarse afuera y jugar. Además, habían desaparecido los amigos con los que realmente hubiera querido estar, de manera que, para empezar, no tenía a nadie con quién jugar. Bueno, pensó, al menos ya estaba de vuelta en casa.

—¡He vuelto! —le anunció a la casa vacía, en la que aún no había ni rastro de su madre. Su sonrisa desapareció.

Qué raro, generalmente, cuando ella se ausentaba por tanto tiempo, por lo menos se aseguraba de que alguien viniese para cuidarlo. Decidió no darle importancia al asunto.

—Me preocuparé por eso más tarde —se dijo a sí mismo, y empezó a jugar su videojuego favorito mientras comía patatas fritas y se disponía a acostarse muy tarde esa noche.

La mañana llegó y el viento y la lluvia golpearon con más fuerza la ventana de Oscar.

—¡Es sábado! —Oscar se despertó con una sonrisa de emoción en el rostro, al recordar que su madre y él habían estado planeando durante varias semanas su salida juntos para ese día.

Bajó a toda prisa las escaleras, entusiasmado por el día que empezaba, pero se detuvo de golpe cuando vio que no había nadie. Ahora se estaba empezando a preocupar. Buscó por todas partes y le preguntó a todas las personas que conocía en el pueblo, pero todos se encogieron de hombros. Corrió de vuelta a casa sintiéndose desesperado. Comenzó a llorar mientras buscaba comida y atravesó el desastre que él mismo había hecho con las patatas que se había estado comiendo. No pudo siquiera encontrar su juguete favorito debajo de tanta basura.

Estaba demasiado alterado como para dormir esa noche. Miró el cielo a través de la ventana y dijo en voz alta:

—Lo siento, lo siento mucho. No era mi intención que desaparecieran todos los que se preocupan por mí y me ayudan. Yo solo quería que me dejaran tranquilo, pero no de esta manera. No me di cuenta de lo mucho que me ayudaban. Deseo que todo regrese a la normalidad, por favor, por favor, esta no era mi intención.

El sol brilló con intensidad sobre la cara adormilada de Oscar. Se despertó sintiéndose renovado, y por un instante, se le olvidó todo lo que le había estado ocurriendo, hasta que de pronto se acordó.

Oscar bajó corriendo las escaleras, dos escalones a la vez, asegurándose de no tropezar mientras llamaba a su madre.

Se detuvo en el rellano apenas la vio. Ella le sonrió de vuelta mientras le ofrecía con un gesto el desayuno que le había preparado. Oscar corrió hacia ella y la abrazó de inmediato.

—¡Has vuelto! ¡Has vuelto! —exclamó.

Ella rió mientras él la abrazaba fuertemente.

—¿Has tenido una pesadilla, cariño?

Él sacudió la cabeza mientras la abrazaba con más fuerza y ella se reía con más ganas. Oscar se dio cuenta de cuánto extrañaba esa risa.

—Ahora vamos, es viernes. Prepárate para la escuela o llegarás tarde de nuevo.

La besó en la mejilla, y en vez de decir «¡más tarde!», como solía hacerlo, dijo:

—Está bien. Voy a arreglarme ahora.

Él prometió que, de ahora en adelante, no daría por sentada la ayuda de los demás y que ya no sería tan flojo.

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