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Alí Pulgar Anonymous    
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Alí Pulgar

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Alí Pulgar

Una historia Turca

 

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Había una vez una pareja que tuvo un hijo al que llamaron Alí. El bebé fue una sorpresa para sus padres, ya que cuando nació ¡no era más grande que un pulgar!

Tanto la madre como el padre se sientieron tristes al principio, pero luego pensaron “Esto es lo que Dios nos ha dado y un día nuestro hijo crecerá para ser un niño grande y fuerte”.

Pero los años pasaban y Alí no crecía. Se quedó pequeño como un pulgar.

Cada noche, para la cena, la madre le hacía un hueco en la mesa a su hijo. Ponía un pequeño plato frente a él y lo llenaba con una cucharadita de sopa. Alí también tenía una pequeña taza que su madre llenaba con un sola gota de agua.

Todo marchaba bien cuando la familia estaba en casa, pero la madre y el padre se sentían avergonzados de su hijo, pensaban que si alguien lo veía, se burlaría del jovencito. Así que lo mantenían puertas adentro, siempre escondido.

Muchos más años pasaron y eventualmente Alí celebró su cumpleaños número veinte. Aún era tan pequeño como un pulgar pero su voz se había vuelto grave y fuerte. De hecho, si alquien lo hubiese escuchado hablar, hubiera pensado que era la voz de un gigante.

Alí era un joven triste porque no tenía amigos y tenía que pasar todo su tiempo escondiéndose dentro de la casa de sus padres.

Un día el padre de Alí estaba preparándose para ir al mercado en el pueblo de al lado. El anciano planeaba pasar la noche en un albergue porque no podría hacer el viaje de ida y vuelta antes de que oscureciera.

Alí le suplicó a su padre que lo llevara consigo, pero su padre parecia nervioso antes la idea. “Nunca te hemos llevado fuera hasta hoy, no estoy seguro de que pueda hacerlo ahora”, le dijo. “Cómo puedo protejerte y esconderte de los demás?”.

“Será fácil”, respondió Alí en su voz grave y estruendosa. “Puedes llevarme en el bolsillo y nadie notará que estoy allí. Puedes hacer un pequeño agujero para que pueda respirar y ver qué sucede, y disfrutar de nuevos lugares en el mundo”.

Su padre notó cuán ilusionado estaba Alí con la idea de dejar la casa y, por eso, no pudo negarse a la petición de su único hijo.

El anciano hizo un pequeño agujero en el bolsillo de su camisa y ayudó a Alí a subirse dentro. La madre les dió las bolsas para el viaje, besó a ambos y les deseó buena suerte. Luego Alí y su padre se marcharon hacia el mercado del pueblo vecino.

Despues de viajar todo el día, Alí y su padre entraron al albergue de al lado de el camino. “Conseguiremos una habitación aquí para esta noche, dijo el padre, “y mañana iremos al mercado temprano por la mañana antes de volver a casa”.

“¡No puedo creer que vaya a quedarme en un albergue!”, exclamó Alí. El jóven estaba muy entusiasmado con todo lo que había visto durante el viaje y porque nunca había dormido en otro sitio que no fuese su casa.

El padre de Alí pagó por una habitación y llevó sus bolsas arriba para prepararse para la cena.

Despues de desempaquetar y asesarse, y con Alí aún en su bolsillo, bajó al comedor esperando poder esconder algo de comida para su pequeño hijo.

Entonces algo inesperado sucedió. Justo cuando los huéspedes se sentaron a cenar, un grupo de ladrones entraron al albergue. Los hombres de aspecto malvado, tres en total, apuntaron con armas y ordenaron a todos los hombres y mujeres que entregaran su dinero y posesiones.

Todos los huespedes estaban muy asustados, incluido el padre de Alí, pero hicieron lo que les decian y comenzaron a sacar sus carteras y joyas, dejándolas sobre la mesa para que las recogieran los ladrones.

De pronto se escuchó una voz muy fuerte y grave que parecía venir de ninguna parte. “ ¡Tiren las armas!”, ordenó la voz. “Voy a entrar, a capturarlos y a entregarlos a la policía”.

Nadie sabía de dónde provenía la voz. Los ladrones miraron alrededor del comedor pero no encontraron a nadie.

Luego la voz se oyó nuevamente, esta vez más fuerte. “Les haré pagar por sus crimenes. Me aseguraré que pasen muchos años en prisión”.

Como los ladrones no sabian de dónde venía la voz, se convencieron de que debía ser un fastasma. Y si había algo a lo que los ladrones le temían más que a la policía, era a los fantasmas.

De repente los ladrones soltaron sus armas y huyeron corriendo del albergue y desaparecieron en medio de la noche.

Aunque los huespedes estaban contentos de que los ladrones se hubiesen ido, ellos también estaban asustados por los fantasmas y sólo querían huir a sus habitaciones y esconderse.

“No se preocupen”, dijo el padre de Alí. “No es un fantasma el que habla. Es mi hijo”. Y de esa manera el viejo hombre metió su mano en el bolsillo para que Alí pudiera trepar por ella. Luego puso a Alí en la mesa cuidadosamente para que los huespedes pudieran saludarlo.

“Estoy seguro de que los ladrones no regresarán”, dijo Alí con su voz grave y estruendosa y con una gran sonrisa en la cara por las aventuras vividas.

Los huespedes se sorprendieron mucho y sintieron curiosidad por conocer al chico que no era más grande que un pulgar. Pero más que nada, estaban muy agradecidos con él por salvarlos de los ladrones, y le agradecieron y estrecharon la mano y le dijeron a su padre cuán orgulloso debiera sentirse por tener un hijo tan valiente.

Por la mañana, cuando se dirijían al mercado, el padre de Alí sacó a su hijo del bolsillo y lo puso en su hombro. Toda la mañana en el mercado y de regreso a la casa el anciano tuvo que detenerse muchas veces para presentarle a Alí a los caminantes. Estaba muy orgulloso y les contaba a todoel mundo cómo su hijo los había salvado de los tres ladrones.

Cuando padre e hijo llegaron a casa esa noche, la madre de Alí parecía muy preocupada, porque que Alí estaba sentado en el hombro de su marido. “¿Y si alguien lo ve?”, preguntó a su marido.

Pero el hombre sonrió y contó a su mujer las aventuras que habían vivido en el albergue y cómo Alí había salvado el día y asustado a los ladrones.

“Ha sido un gran error avergonzarnos de nuestro hijo. No debimos haberlo escondido en casa todos estos años. Deberíamos estar orgullosos de Alí y de todas las cosas que es capáz de hacer”.

La madre de Alí se sintió muy orgullosa cuando escuchó la historia de la valentía de su hijo, y prometió no volver a esconderlo nunca ni avergonzarse de él.

Desde aquel día, Alí Pulgar ha viajado en los hombros de sus padres a donde quiera que ellos fueran y ha visto y hecho muchas cosas y tenido muchas aventuras.

 

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