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Cuidado con el Dragón Alice Atkins    
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Cuidado con el Dragón

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Cuidado con el Dragón

 

 

 

 

 

 

 

 

*

El crepúsculo se había posado sobre el paisaje. Sir Adi, Dama Sofía y Sir Thomas sufrían de estómago vacío y pies doloridos. El trío estaba compuesto por un grupo de bravos caballeros que, tras haber viajado durante todo el día, necesitaba algún lugar para pasar la noche.

Por azar, encontraron una aldea agazapada tras la sombra de una alta y oscura montaña.

Cuando entraron en la aldea, notaron cómo la montaña siniestra se cernía sobre el conjunto. Aunque las luces de la calle estaban encendidas, no había ni un alma a la vista. Todos los edificios tenían las puertas y ventanas cerradas y las cortinas echadas.

—¡Qué pueblo tan extraño! Debe haber alguien cerca. —dijo Sir Adi.

—Por supuesto que hay alguien, sino, ¿por qué estarían las luces encendidas? Debemos encontrar un lugar para pasar la noche, no puedo más. —dijo Dama Sofía que se detenía para frotar sus pies adoloridos.

Sir Thomas, que había seguido adelante, descubrió una casa grande con un letrero en letras grandes y rojas que decía "POSADA".

—Allí. —llamó a sus amigos, señalando a la posada.

Los tres caminaron hacia la puerta principal y escucharon atentamente. Se podían escuchar conversaciones, canciones y el tintineo de los vasos en el interior. Dama Sofía llamó a la puerta. Esta se abrió con un crujido y reveló a una anciana.

—¿No sabéis que debéis entrar por la parte de atrás...? —dijo la mujer. Miró a los caballeros con una expresión perpleja. —¿Qué estáis haciendo todos aquí?

—Estábamos buscando un lugar para comer y descansar. ¿Podríamos quedarnos, por favor? —preguntó Sir Thomas.

La anciana les indicó que entraran y cerró la puerta con llave. Un pequeño y pintoresco restaurante los esperaba en el interior, donde grupos de aldeanos estaban sentados hablando y bebiendo. La anciana los condujo a una mesa pequeña junto al fuego y les trajo bebidas.

—Pues sí, el dragón debe haber estado aquí anoche. Esa es la única razón por la que la casa de Ted se ha quemado. —declaró un habitante con una barba sucia. Los tres caballeros se volvieron atentos hacia el hombre.

—¿Un dragón? —preguntó Sir Adi.

—Una enorme cosa fea. —resopló el aldeano—. Viene aquí todas las noches para tratar de conseguir comida.

—¿Ha visto usted a este dragón?

—No, pero mi tío sí. El viejo dice que es una bestia inmensa, más grande que una casa, con escamas plateadas, enormes ojos rojos y garras.

—Vamos, cállate la boca. Tu tío es un mentiroso. Todo el mundo sabe que sus ojos son amarillos. —el regordete amigo sentado a su lado replicó.

—¿Se ha llevado a alguien? —preguntó Sir Thomas.

—A menos que alguien se haya olvidado de cerrarlo todo, todavía no. —dijo el hombre barbudo.

—¿Cuánto tiempo piensas que falta antes de que venga por todos nosotros? Todo el mundo sabe que los dragones escupen fuego. Ventanas y puertas cerradas no pueden mantenerlo fuera para siempre. —dijo otro de los amigos del hombre barbudo. Todos se quedaron callados.

Los caballeros se miraron el uno al otro.

—¿Hay alguna forma de ayudarlos? —susurró Sir Adi.

—¿Crees que nosotros —Sir Thomas hizo una pausa— podríamos enfrentarnos a un dragón?

—Tenemos que ayudar a esta gente. —declaró Dama Sofía. Se puso de pie y se dirigió a la gente—. Si este dragón os está causando problemas, iremos y lo resolveremos.

Los aldeanos la miraron. El hombre barbudo se echó a reír.

—¿De verdad? ¿Contra un dragón? ¿Estás loca? —dijo.

—Soy un caballero. No le temo a ningún dragón. —Dama Sofía lo fulminó con la mirada, y la risa del hombre se desvaneció. Sir Adi y Sir Thomas se miraron entre sí.

—Después de la cena, por supuesto. —agregó Sir Adi.

Pronto la anciana les sirvió la cena. Mientras comían, notaron que los presentes murmuraban y los miraban de reojo. Tan pronto como terminaron, el aldeano regordete se acercó a su mesa.

—Si lo decís en serio, el dragón vive en una cueva en la cima de la montaña. Un viejo amigo de mi padre fue allí una vez. Dice que la cueva está llena de huesos.

—Lo decimos en serio y estaremos bien. Gracias por el consejo. —dijo Dama Sofía. Los caballeros se levantaron, pagaron su comida y salieron de la posada.

Caminaron por el pueblo y subieron hacia la oscura montaña. Encendieron antorchas y marcharon por el viejo camino fracturado hasta la cima de la montaña. Los búhos ululaban mientras la hierba y los árboles muertos se alineaban en el camino, y un ligero olor a quemado flotaba alrededor. Subieron más y más, y pronto llegaron a la cima, donde la hierba daba paso a la roca.

En la cima, en efecto, yacía la entrada de una cueva con rocas afiladas colgando del techo.

—¿Tenemos un plan? —Sir Adi le preguntó a Dama Sofia.

—Primero tendremos que explorar la cueva. —dijo Dama Sofía. Se adentraron en la abertura, que se inclinaba hacia abajo en espiral. A la luz de sus antorchas, podían ver hollín en las paredes y pequeñas marcas de garras en el suelo. Había un ligero olor a humo y un sonido de fuego crepitante. Bajaron más y más hasta llegar a una cortina de un pequeño material blanco, atado por una cuerda y colgado del techo.

—¿Huesos? —preguntó Sir Thomas. Sir Adi los examinó más de cerca. Eran demasiado transparentes para ser huesos.

—¿Algún tipo de roca? —se preguntó.

Un fuerte rugido rasgó el aire, dispersó la cortina de roca blanca y derribó a los caballeros, que cayeron hacia atrás. Rápidamente, atravesaron la cortina y se encontraron en una caverna alta. El mineral surcaba las paredes, brillando con mil colores a la luz de las antorchas colgantes, mientras que gemas de todas las formas y tamaños se apilaban ordenadas en pirámides en el suelo. En el centro de la habitación había un montón de gemas tan grandes que tocaban el techo. Los caballeros miraron a su alrededor con asombro; nunca habían visto tanta belleza.

—Si esta es la casa del dragón, y si es un monstruo tan feo, ¿cómo podría crear un lugar tan maravilloso? —preguntó Sir Thomas.

Continuaron su camino hasta encontrar una pequeña chimenea tallada en la pared. En frente había una pequeña mesa, sillas y un escritorio con herramientas, gemas y un par de anteojos esparcidos en su superficie.

Otro fuerte rugido retumbó desde la pila de gemas. Sin embargo, esta vez se convirtió en un ronquido.

—Debe estar por aquí. —dijo Dama Sofía. Los tres caballeros se acercaron a la gran pila y la rodearon.

—¿Quizás está dentro? —preguntó Sir Adi.

—Entonces comencemos a cavar. —dijo Dama Sofía. Recogió algunas gemas y las arrojó lejos. Sir Adi y Sir Thomas se unieron y arrojaron gemas que volaban a través de la habitación. Las gemas volaron hacia los muebles, los rompieron y, derribaron las linternas de las paredes. Las gemas en la parte superior del montón cayeron y se estrellaron contra una pirámide de gemas y la derribaron. Pero no pudieron ver ningún dragón.

—Debe estar aquí, en alguna parte. —dijo Sir Thomas.

Dama Sofía encontró algo escamoso y rojo. Tiró de ello y las gemas se esparcieron y revelaron un dragón, de un tamaño no mayor a un perro grande y tan rojo como los rubíes. Dama Sofía estaba sorprendida.

—¿Una dragona? —soltó. La dragona, sobresaltada, se despertó.

—¿Quiénes sois? Por favor, dejadme ir —suplicó la dragona. Sus ojos verdes recorrieron la habitación—. ¿Mi casa? ¿Qué habéis hecho?

Sir Adi y Sir Thomas dejaron de palear y se acercaron a la dragona que se retorcía en las manos de Dama Sofía.

—¿No eres el dragón que ha estado aterrorizando a la aldea? —le preguntó Sir Thomas a la criatura.

—¿Aldea? Nunca voy allí, son demasiado mezquinos. Me quedo aquí y hago joyas. —La dragona miró hacia su escritorio, se apartó de Dama Sofía y avanzó hacia el escritorio, que se había roto en mil pedazos. Lo observó todo y recogió las gafas de los escombros, solo para encontrarlas rotas cuando se las puso.

Gritó desconsolada. Tiró las gafas y enterró la cabeza entre sus manos. Se enroscó en una bola, sus sollozos enviaban chispas de fuego que rebotaban por el suelo.

—¿Qué habéis hecho? No puedo ver sin mis gafas. ¡Lo habéis destruido todo! ¡Iros de aquí, estúpidos humanos! —gritó ella.

Los caballeros se miraron los unos a los otros.

—Esos aldeanos deben haber mentido, ¿qué podemos hacer? —preguntó Sir Adi.

—Debemos regresar a la aldea y hacer que la gente nos ayude a arreglar esto. —dijo Dama Sofía mientras se volvía hacia la dragona—. No te preocupes dragona, arreglaremos esto. Volveremos enseguida.

Los tres caballeros salieron a toda prisa de la cueva, descendieron la montaña y regresaron al pueblo. La mañana ya había llegado y los aldeanos habían abandonado sus hogares y deambulaban por las calles.

Los caballeros reunieron a todos los que pudieron y les explicaron lo que habían hecho.

—¡Basura! —gritó uno de ellos.

—¡Ese dragón es grande y peligroso! —gritó otro.

—Si no nos creen, entonces, como caballeros del lugar, les ordenamos que nos sigan y vean por ustedes mismos. —declaró Dama Sofía mientras levantaba su espada en el aire. Los aldeanos se quejaron, pero sabían que no podían desobedecer las órdenes de un caballero.

Los caballeros los guiaron desde el pueblo, subieron la montaña y descendieron a la cueva. Pronto llegaron a la caverna del dragón y la encontraron tan caótica como antes, la pequeña dragona todavía sollozaba entre las ruinas.

—¿Es ese el dragón de verdad? —preguntó el hombre barbudo.

—No hay otro dragón aquí. —retrucó su amigo regordete.

Los aldeanos se miraron entre ellos. Uno de los niños se dirigió hacia la dragona que lloraba, la abrazó y rompió en llanto con ella.

—¡Pobre dragona. Pobre, pobre dragona! —sollozó el niño.

—¿Qué hemos hecho? —exclamó un aldeano que luchaba contra las lágrimas.

—¡Pobrecita! Debemos arreglar esto. —expresó otro.

—Soy carpintero —comentó un aldeano—, puedo hacerte una mesa y sillas nuevas.

—Yo soy oftalmólogo, puedo arreglar tus gafas. —dijo otro.

La dragona levantó la cabeza y sonrió. —Gracias.

Los Caballeros se miraron, salieron de la cueva y se marcharon hacia otras tierras. Después de haber traído paz y justicia a la aldea, se alejaron con confianza en las personas que vivían allí. Nunca más creerían ciegamente en rumores o prejuzgarían a nadie.

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