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La sopa de piedra Anam Peeram    
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La sopa de piedra

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La sopa de piedra

a pot of soup

 

 

 

 

 

 

Hace mucho tiempo, un bondadoso soldado caminaba a duras penas por la vereda polvorienta de un pueblo próximo a un riachuelo. Avanzaba muy despacio porque llevaba todo el día andando. Nada le habría gustado más que poder tomar una buena comida caliente. Al encontrarse con una pintoresca casita al borde del camino, pensó para sus adentros: «A la persona que vive aquí debe sobrarle algo de comida para compartirla con un viajero hambriento como yo… No pierdo nada por ir a preguntar».

Y así fue como el soldado tomó el sendero empedrado que conducía a la puerta de madera, pasando por delante de un huerto cultivado repleto de repollos, patatas, cebollas y zanahorias. Cuando llegó a la entrada de la casa y levantó la mano para llamar, la puerta se abrió de repente. De pie, al otro lado, había un anciano con las manos apoyadas en las caderas y el ceño fruncido.

—¿Qué quiere? —preguntó el anciano con brusquedad. El soldado le sonrió de todos modos.

—Buenos días, soy un soldado de un pueblo no muy alejado de aquí. Venía a preguntarle si tendría algo de comida que pudiera darme.

El anciano miró al soldado de arriba abajo y le contestó con sequedad:

—No. Ahora, márchese.

Esto no desanimó al soldado, que volvió a sonreír y asintió con la cabeza.

—Ya veo... Solo preguntaba para tener algunos ingredientes más para mi sopa de piedra, pero supongo que tendré que arreglarme sin ellos. ¡Estará igual de rica de todos modos!

El anciano frunció el ceño. 

—¿Sopa de piedra? —preguntó.

—Sí, señor —respondió el soldado—. Ahora, si me disculpa…

El soldado se dirigió al centro del sendero y sacó un caldero de hierro de entre sus pertenencias. Tras llenarlo de agua, empezó a preparar una fogata para calentarlo. A continuación, con mucha ceremonia, sacó una piedra normal y corriente de una bolsa de seda y la dejó caer suavemente en el agua.

El anciano observaba perplejo la escena desde su ventana.

«¿Sopa de piedra?», se preguntaba. «¡Seguro que no existe tal cosa!».

Al cabo de un rato de ver cómo el soldado removía el agua con un palito, el anciano salió y le preguntó: 

—¿Qué está haciendo?

El soldado olfateó el vapor que salía de su olla y se relamió como si saboreara de antemano:

—¡Oh!, no hay nada que me guste más que una exquisita sopa de piedra. 

Luego miró al anciano y añadió: 

—Aunque, sin duda, como está de rechupete la sopa de piedra es con un poquito de sal y pimienta

Vacilante, el anciano entró en su casa y regresó con sal y pimienta, que entregó lentamente al soldado.

—¡Perfecto! —exclamó el soldado mientras salpimentaba el puchero. 

Lo removió una vez más antes de volver a levantar la vista hacia el anciano:

—Pues fíjese que una vez probé esta sopa de piedra con repollo y estaba buenísima.

El anciano se dirigió hasta donde crecían sus repollos, cortó el mejor y se lo dio al soldado.

—¡Vaya, estupendo!— exclamó el soldado mientras troceaba el repollo y lo echaba en el caldero.

Aspiró profundamente el olor del puchero y dijo al anciano: 

—Pues esta sopa sería digna de un rey con unas cuantas zanahorias, ¿sabe usted?

—Creo que puedo conseguir algunas —le contestó pensativo el anciano, tras lo cual se fue hasta donde tenía sus zanahorias y agarró un manojo.

El soldado quedó encantado al recibir las zanahorias; las troceó y siguió removiendo el puchero.

Y así fue discurriendo todo. El deleite del anciano por el olor que emanaba de la olla aumentaba a medida que iba trayendo cebollas, patatas, carne y otros ingredientes. El soldado, que también había agregado unos champiñones y cebada que llevaba en su propio saco, anunció finalmente que la sopa estaba lista.

El anciano sonrió al soldado cuando este le ofreció la mitad de la sopa.

—¿Por qué no entra en mi casa? Tengo pan recién horneado que he traído de la panadería esta misma mañana y seguro que sabrá delicioso con la sopa de piedra —ofreció amablemente el anciano.

Y así fue como el anciano y el soldado compartieron una maravillosa comida. El soldado extrajo un envase de leche de su saco y también se lo repartieron. El anciano coincidió con el soldado en que aquella sopa era la mejor que había probado en su vida.

El anciano tan solo se dio cuenta de la verdad cuando el soldado le entregó la bolsa de seda que contenía la piedra. No había sido la piedra la que había creado esa sopa tan deliciosa. Había sido, más bien, que cooperando y mostrándose generosos, el soldado y él habían sido capaces de preparar una comida riquísima que ambos podían compartir.

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