Los tres cabritos y el trol
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Un cuento noruego

*
Érase una vez, tres cabritos de la misma familia: el primero era el más pequeño de la familia, el segundo, un cabrito de mediana edad y, el último, el cabrito más grande de los tres.
Todos ellos, vivían en una pradera situada en un precioso valle verde.
Les encantaba comer el dulce césped del valle. Sin embargo, su pradera se estaba volviendo cada vez más seca y menos fértil, porque eran unos cabritos muy glotones que se habían comido hasta la última hoja de césped.
Aun así, seguían teniendo más hambre.
En la distancia, podían ver una pradera repleta del césped más verde y delicioso que jamás habían visto, pero lamentablemente, la única forma de llegar a ella era a través de un tambaleante puente que cruzaba un arroyo.
Además, bajo ese mismo puente, vivía un terrible, terrorífico y tenebroso trol llamado Trevor que, al igual que los cabritos, siempre tenía un hambre voraz. Y no había nada que más le gustara en el mundo, que unos apetitosos cabritos bien alimentados.
El cabrito más pequeño fue el primero en llegar al puente. Cautelosamente, fue poniendo una patita detrás de otra y comenzó a cruzar el puente.
Sin embargo, el tambaleo del puente hizo que las pezuñas del cabrito golpearan contra la madera con un fuerte traqueteo.
Y, de repente, se pudo escuchar un tremendo rugido.

—¿Qué es ese traqueteo sobre mi puente?
El trol comenzó a asomarse amenazante debajo del puente.
El cabrito pequeño, temblando de miedo, se armó de valor para balar estas palabras:
—Solo soy yo. Solo quería cruzar el puente para comer un poco de césped.
—¡De eso nada! ¡El que te va a comer soy yo de desayuno, comida y cena!
—¡No, por favor! —suplicó el cabrito pequeño—. Soy el cabrito más pequeño de la familia. ¿Por qué no esperas a que llegue mi hermano? Es más grande y jugoso que yo.
*
Tan avaricioso como era, el trol decidió esperar. El cabrito pequeño consiguió cruzar el puente y comenzó a degustar el césped fresco de la pradera.
Los otros cabritos vieron al más pequeño pastar, llenos de envía al querer estar en su misma posición.
Por ello, el cabrito mediano se acercó al puente y comenzó a cruzar el arroyo.
Sus pezuñas comenzaron a traquetear tan pronto como tocaron la madera. De nuevo, el trol se asomó desde debajo del puente.
—¿Qué es ese traqueteo sobre mi puente? —volvió a rugir.

Con las patitas temblando de miedo, el cabrito mediano dijo con su voz más suave:
—Solo soy yo. Seguía los pasos de mi hermanito pequeño para comer un poco de césped.
—¡De eso nada! ¡El que te va a comer soy yo de desayuno, comida y cena!
—No, por favor, señor trol. No creo que quiera comerme. Soy demasiado pequeño y no saciaría su hambre. Espere a que llegue mi hermano mayor. Es mucho más grande y delicioso que yo».
—Está bien —dijo el trol—. Y el cabrito mediano salió corriendo, cruzando el puente, y comenzó a pastar el delicioso césped junto a su hermano.

El cabrito más grande, celoso al ver a sus dos hermanos pastar, no se lo pensó dos veces y comenzó a cruzar el puente.
Se armó de valor y colocó las patas sobre la madera.
De nuevo, el traqueteo hizo que el trol se asomara desde debajo del puente.
—¿Qué es ese traqueteo sobre mi puente? —retumbó desde abajo.
—Soy yo. El cabrito mayor. ¿Quién se cree que es?
—¡Soy el trol que te va a comer de desayuno, comida y cena!
—¡De eso nada!
—¡Claro que sí! ¡Espera y verás!
El trol se abalanzó sobre el cabrito grande, que agachó la cabeza y con gran valentía, cargó contra el trol, alcanzándolo con sus cuernos y haciendo que cayera al arroyo río abajo.
El trol desapareció bajo la corriente del río y nunca más se volvió a ver.
Desde entonces, cualquier animal que cruza el río, puede disfrutar del jugoso césped de la pradera junto a los tres hermanos cabritillos.
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