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El autobús para ir a la escuela Anonymous    
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El autobús para ir a la escuela

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El autobús para ir a la escuela
 

 

 

 

 

 

 

 *

Lo que más le gustaba a Joaquín de Inglaterra era el autobús.  Su madre y él lo tomaban todos los días para ir a su nueva escuela. Joaquín se entretenía mirando a los demás pasajeros.

La mayoría de los asientos estaban ocupados por gente que iba a trabajar; vestían ropa elegante y llevaban en la mano bolsos y maletines. En otros asientos, había chicos que iban a la escuela como Joaquín; la mayoría de ellos eran más grandes y llevaban el mismo uniforme.

Uno de los pasajeros preferidos de Joaquín era una señora de cabello blanco que llevaba un perrito marrón en su bolso. La señora decía que el perro era un poco nervioso, por eso Joaquín siempre lo acariciaba despacio.

Joaquín no sabía mucho inglés, pero su mamá sí. Ni bien subían al autobús, ella pedía los boletos y el chófer los imprimía.

—Dos boletos de ida y vuelta a Blackfriars —decía todas las mañanas.

Cuando se bajaban del autobús, su madre insistía en que dijera “muchas gracias”. Las palabras le sonaban raras, pero poco a poco Joaquín se iba acostumbrando a pronunciarlas.

La mayoría de los niños en la escuela de Joaquín eran ingleses, así es que él siempre se sentaba a un costado. Su maestra era simpática, pero Joaquín era muy tímido. Respondía sus preguntas con una palabra y nunca levantaba la mano. Tenía miedo de decir algo mal en inglés, confundirse la gramática o pronunciar de manera incorrecta. Joaquín quería perfeccionar su inglés antes de hablarlo, pero nunca tenía la oportunidad de practicarlo.

A comienzos del mes de diciembre, la madre de Joaquín contrajo un resfriado. Ella se vistió, y vistió a su hijo, con ropa de abrigo y una larga bufanda en el cuello. Joaquín había pasado inviernos fríos antes, pero los inviernos británicos eran crudos y oscuros.

El viento le congelaba la punta de los dedos. Durante el trayecto hasta la parada de autobús, su madre temblaba y tosía; Joaquín le apretaba fuerte la mano. Cuando llegó el autobús, esperaron a que los demás pasajeros subieran.

—Pide los boletos, Joaquín —le dijo su madre, luego de toser una vez más.

Joaquín respiró hondo, subió al autobús y miró a su alrededor. Como de costumbre, había mucha gente, pero todos estaban concentrados en su celular o en un libro. La señora mayor y su perro eran los únicos que miraban hacia adelante. Ella le sonrió a Joaquín.

—Dos boletos a Blackfries —dijo Joaquín, juntando coraje y con voz educada.

—¿Blackfries? —le preguntó el chófer, confundido.

—A Blackfries. Mi escuela está en Blackfries —respondió Joaquín, sonrojado.

—¿Quieres decir Blackfriars?

—Sí —asintió Joaquín.

Algunos pasajeros levantaron la cabeza al ver el retraso que Joaquín estaba causando. Luego de que su madre pagara los boletos, la tomó fuerte de la mano y se escondió entre su ropa.

Joaquín se sentía avergonzado. Había querido ayudar a su madre, pero no había podido. Se quedó sollozando y mirando el piso el resto del viaje. Cuando bajaron del autobús, no le dio las gracias al chófer como siempre lo hacía, así que su madre tuvo que hacerlo por él.

El resto del día, Joaquín estuvo más callado que de costumbre. Ni siquiera quiso hablar con su maestra, a pesar de que ella le insistiera. No quería hablar por miedo a equivocarse otra vez.

Cuando su madre lo fue a buscar a la salida de la escuela, ella se sentía mucho mejor que a la mañana.

—¿Tuviste buen día, hijo? —le preguntó con una gran sonrisa.

Joaquín la abrazó pero no respondió.

—¿Qué te pasa, Joaquín? —indagó, al mismo tiempo que se arrodillaba a su lado y le acariciaba la cabeza con ternura.

—No quise hablar inglés en todo el día. Me da vergüenza. Quise ayudarte pero no pude. Quiero que mi inglés sea perfecto, pero me da miedo equivocarme. Todo sería más fácil si la gente en Inglaterra hablara español u otro idioma que yo pudiera entender. Es muy difícil para mí. Quiero irme a casa.

Su madre lo escuchó con atención.

—Está bien, cariño —le dijo cuando Joaquín hizo una pausa para secarse las lágrimas—. Aprender algo nuevo lleva tiempo, lo entiendo.  Fuiste muy bueno en querer ayudarme, y te lo agradezco. —Lo besó en la frente—. Pero no tienes que ser perfecto. Nadie es perfecto. Solo necesitas tenerte confianza –Y sonriendo agregó—: Lo estás haciendo muy bien, estoy orgullosa de ti. No te rindas, Joaquín.

Joaquín asintió con la cabeza.

Durante el trayecto hasta la parada de autobús, pensó en lo que su madre le había dicho y se dio cuenta de que tenía razón. Aun los mejores a veces se confunden y cometen errores. Y advirtió que lo que los hace mejores es el hecho de levantarse y volver a intentarlo al día siguiente. Si caminaba seguro y con la frente en alto, podría lograr cualquier cosa.

Cuando llegó el autobús para llevarlos a su casa, notó que estaba lleno nuevamente. Había hombres de traje, niños que venían de la escuela y señoras con perros. Todos hablaban entre sí o miraban su celular. Se sentían seguros al hablar y si se equivocaban, se reían.

Cuando llegaron a la parada, Joaquín y su madre se bajaron del autobús.

—Gracias —le dijo Joaquín al chófer, con seguridad y confianza.

—De nada —le respondió el hombre con una sonrisa. 

Mientras caminaba junto su madre rumbo a casa, Joaquín llegó a la conclusión de que equivocarse no era tan malo después de todo.

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